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CITAS DE JESÚS QUE HAN SIDO MALINTERPRETADAS ESCATOLÓGICAMENTE



Nunca es fácil encontrar buenas explicaciones a versículos y pasajes bíblicos difíciles relacionados a la Segunda Venida de Cristo. Por eso admiro a quienes, distinto a otros, que ni los tocan con “una vara larga”, ni los racionalizan o tergiversan, a lo menos intentan explicarlos con valentía y rigor hermenéutico. Entre estos últimos, aunque no son los únicos, quiero destacar al Dr. R. C. Sproul en su libro: The Last Days According Jesus, Dr. Robert L. Reymond - A New Systematic Theology of the Christian Faith - y a G. I. Williamson en A Study of Biblical Eschatology. Estos nos ayudan a evitar, que en el campo de la escatología, se continúe generando tanta confusión y malos entendidos que luego otros repiten como el “papagayo”.

En esta ocasión nos enfocaremos en una parte de la obra citada de G. I. Williamson, aunque sin limitarnos a ella. La pregunta anticipada es: ¿A QUÉ SE REFIEREN ESTOS PASAJES BÍBLICOS QUE CITAN A NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO?


CITAS:


1. Mateo 24:30-31 Reina-Valera 1960

30 Entonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo; y entonces lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria. 31 Y enviará sus ángeles con gran voz de trompeta, y juntarán a sus escogidos, de los cuatro vientos, desde un extremo del cielo hasta el otro.


A simple vista uno podría concluir que esta cita no se puede referir a otro evento que no sea a la segunda venida o retorno de Cristo. Pero eso no es probable en buena hermenéutica bíblica. Tomadas en su contexto, Jesús se ha estado refiriendo previamente a la caída de Jerusalén y a la destrucción del templo que, ya sabemos, tuvieron lugar en el año 70 DC. Evento que según nuestro Señor estaría precedido por una serie de señales que alertarían a los discípulos de su cercanía para que tomaran las acciones pertinentes antes de que sucedieran aquellos dos grandes eventos. Todo lo relacionado al sufrimiento e implicaciones que le tocaría pasar a Israel se describe como “la tribulación de aquellos días” (24:29).“E inmediatamente después de la tribulación de aquellos días” (vers.29) es que “aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo… y verán al Hijo del Hombre viniendo en las nubes con poder y gran gloria.”


¿En qué consiste la dificultad interpretativa de este pasaje? En realidad la dificultad es doble: Por un lado, la Segunda Venida de Cristo no se efectuó en aquellos días. Por otro lado, si afirmamos que “aquellos días” apuntan a un futuro que todavía no ha tenido lugar, violentamos el pasaje, lo sacamos de contexto, y lo usamos como pretexto para imponerle una escatología futurista preconcebida y prejuiciada a lo dicho por nuestro Señor. ¿Por qué decimos esto? Porque esa señal y venida tenía que ser “inmediatamente después de la tribulación de aquellos días“. Además, Cristo usó la parábola de la higuera (vers.32) para advertirles que cuando vieran suceder todas estas cosas, deberían darse cuenta que “que está cerca, a las puertas” (vrs.33). Y para que no quedará duda de cuán cerca estaban todos estos eventos de su experiencia, les dijo: “De cierto os digo, que no pasará esta generación hasta que todo esto acontezca” (vrs.34). En otras palabras, durante la propia generación contemporánea de aquellos discípulos.


¿Cuál, pues, es la explicación adecuada y satisfactoria de de este texto?


Estando claro que no se refiere a la segunda venida de Cristo, porque de hecho, no ocurrió entonces, no nos queda otra opción que encontrar la respuesta a la luz de Daniel 7:13-14: “13 Miraba yo en la visión de la noche, y he aquí con las nubes del cielo venía uno como un hijo de hombre, que vino hasta el Anciano de días, y le hicieron acercarse delante de él. 14 Y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido”.


Como podemos darnos cuenta, Jesús tomó el título mesiánico (Hijo de Hombre) y el lenguaje profético de Daniel, y lo aplicó a Él, para referirse a su estado de exaltación. Notemos que Daniel no se está refiriendo a la segunda venida de Cristo sino a su retorno al cielo con las nubes para asumir su lugar junto al Padre (entiéndase a la derecha del Padre) para, en su estado de exaltación, recibir “dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido”. Lo cual concuerda perfectamente con la Escritura que dice: - “42 ¿Qué pensáis del Cristo? ¿De quién es hijo? Le dijeron: De David. 43 Él les dijo: ¿Pues cómo David en el Espíritu le llama Señor, diciendo: 44 Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha, Hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies? 45 Pues si David le llama Señor, ¿cómo es su hijo? – (Mateo 22:42-45). La cual, a su vez, es una cita del Salmo 110:1, y que está indisolublemente ligada a Mateo 28:18 - "Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra”.


El estado de humillación de Cristo terminó con su crucifixión, muerte y sepultura. Pero su estado de exaltación comienza con su resurrección vencedora; venciendo así, tanto la muerte como al que tenía el poder temible de la muerte, esto es al diablo. Y al ser recibido de retorno al cielo fue exaltado hasta lo sumo según Filipenses 2:9-11.


¿Qué tiene que ver esto con todo lo ocurrido en el año 70 DC?


Pues, que esto anunciaba el final de toda posibilidad de un reino mesiánico terrenal que devolvería toda la gloria perdida por Israel a partir de su exilio. Jerusalén destruida y su templo (morada de Dios) marcaban el fin de toda una era de trato de Dios con la nación, y dejaban en claro que un nuevo templo, una nueva Jerusalén celestial y un nuevo reino de sacerdotes (la Iglesia) constituían el cumplimiento final de las profecías del Antiguo Testamento. La gloria terrenal de Israel como pueblo de Dios terrenal había culminado con el juicio divino por toda “la sangre inocente derramada (incluso la de Cristo), para dar lugar a que la bendición dada a Abraham y a su simiente (Cristo) alcanzase a todas las familias de la tierra, no por un privilegio étnico sino por una relación de fe en la persona y obra de Jesucristo.

El pueblo de Dios - 1 Pedro 2:9-11

“9 Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable; 10 vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios; que en otro tiempo no habíais alcanzado misericordia, pero ahora habéis alcanzado misericordia”.

Apocalipsis 1:5-6

“y de Jesucristo el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra. Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén”.


Ahora estamos en mejores condiciones para entender bien otros pasajes difíciles, pero no inexplicables en buena hermenéutica bíblica.

2. Mateo 26:63-64

63 “Mas Jesús callaba. Entonces el sumo sacerdote le dijo: Te conjuro por el Dios viviente, que nos digas si eres tú el Cristo, el Hijo de Dios. 64 Jesús le dijo: Tú lo has dicho; y además os digo, que desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo”.

3. Mateo 16:28

“De cierto os digo que hay algunos de los que están aquí, que no gustarán la muerte, hasta que hayan visto al Hijo del Hombre viniendo en su reino”.

4. Mateo 10:23

“Cuando os persigan en esta ciudad, huid a la otra; porque de cierto os digo, que no acabaréis de recorrer todas las ciudades de Israel, antes que venga el Hijo del Hombre”.


Ninguno de estos pasajes se refieren a la Segunda Venida de Cristo sino a su exaltación gloriosa para reinar y a su venida en juicio sobre Israel. Pero, “es necesario que Él reine hasta que todos sus enemigos sean puestos debajo de sus pies, siendo el último enemigo por vencer en la experiencia humana la muerte, lo cual ocurrirá en la resurrección cuando Cristo retorne, en su Segunda Venida, para que tenga lugar al juicio y a la separación al estado eterno de los creyentes e incrédulos.