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LA PASIÓN POR ISRAEL Y LA DOPLOPÍA ESCATOLÓGICA


“Y todos éstos, habiendo obtenido aprobación por su fe, no recibieron la promesa, porque Dios había provisto algo mejor para nosotros, a fin de que ellos no fueran hechos perfectos sin nosotros.” – Hebreos 11:39-40 (LBLA)

Vengo de un trasfondo teológico, y escatológico en particular, en el que la pasión cierra los ojos a la realidad de la enseñanza bíblica en cuanto a Israel. Luego de uno haber sido enseñado, fuertemente influenciado por las notas de la Biblia de Scofield, en cuanto a que Israel es el Pueblo de Dios y la Iglesia un “paréntesis” o “plan b”. Y de seguir acumulando por años reafirmaciones en el sentido de que algún día Dios va a cerrar el paréntesis con el rapto secreto de la Iglesia para volver al plan original con su pueblo Israel. Sumado a que ya estando la Iglesia en el cielo, comenzará una Gran Tribulación que durará 7 años, tiempo en el cual todo Israel como nación se convertirá al Señor y evangelizará al resto del mundo, para al fin de este período reinar con Cristo mil años sobre la tierra como muestra del reino del cual se privaron al rechazar a Cristo en su primera venida; es difícil quitarse ese molde sin que le quede a uno la forma. Y como diría Jay E. Adams, no padecer de “diplopía” (ver doble) escatológicamente hablando.


Habiendo con mucho estudio bíblico y trabajo superado esa condición, no pretendo tener una varita mágica para cambiar tu forma de pensar al respecto, pero a lo menos desearía exponerte a algunos pasajes bíblicos para hacerte reflexionar.


Hebreos 11:39-40 (LBLA) - “Y todos éstos, habiendo obtenido aprobación por su fe, no recibieron la promesa, porque Dios había provisto algo mejor para nosotros, a fin de que ellos no fueran hechos perfectos sin nosotros.”


Este pasaje traza una línea de unidad y continuidad entre el verdadero pueblo de Dios del Antiguo y Nuevo Testamento. Nos referimos a los creyentes de ambos testamentos. Dice que aquellos creyentes de entonces (“el remanente”), a pesar de la promesa y de su fe en ella no recibieron lo prometido porque Dios había provisto algo mejor para nosotros. Pero, noten que eso mejor, los creyentes del Nuevo Testamento no la recibirían aparte de nosotros, pero también implica que tampoco nosotros aparte de ellos. Ni ellos sin nosotros, ni nosotros sin ellos.


Entiéndase que “eso mejor” es el cumplimiento de la Promesa hecha a Abraham y a su simiente (Cristo) según Gálatas 3:16-18: “Hermanos, hablo en términos humanos: Un pacto, aunque sea de hombre, una vez ratificado, nadie lo invalida, ni le añade. Ahora bien, a Abraham fueron hechas las promesas, y a su simiente. No dice: Y a las simientes, como si hablase de muchos, sino como de uno: Y a tu simiente, la cual es Cristo. Esto, pues, digo: El pacto previamente ratificado por Dios para con Cristo, la ley que vino cuatrocientos treinta años después, no lo abroga, para invalidar la promesa. Porque si la herencia es por la ley, ya no es por la promesa; pero Dios la concedió a Abraham mediante la promesa.”


En cierto sentido el verdadero heredero de esa promesa hecha al creyente Abraham es Cristo, y por ende todos los creyentes en Él de ambos testamentos. Esto en contraposición a la Ley que ni la invalida ni la suplanta. Sino que cumple la función de convencernos pecado y llevarnos de de la mano a Cristo. Quiero ser claro en que la Ley es buena y tiene su función en la economía del plan de Dios, el problema siempre ha sido la tendencia natural al mal uso de la ley. Pretender ser aceptados (justificados del pecado) por las obras en vez de por gracia mediante la fe.


Dicho esto, nota que los creyentes de ambos testamentos somos herederos de la misma promesa, y no seremos perfeccionados por separado. Y es que los creyentes del Antiguo Testamento son la misma iglesia, pero en minoría de edad, del Nuevo Testamento. En otras palabras tanto ellos como nosotros somos herederos de la misma promesa y de la misma bendición en Cristo. Nunca, ni antes, ni ahora, ni después, existe un Salvador, una forma de ser salvos, ni un destino distinto para los creyentes de todos los tiempos. Porque la promesa es una sola y el pueblo de Dios es uno solo, y los verdaderos “hijos de Abraham” los creyentes de todas las naciones, judíos y gentiles, unidos en su sólo cuerpo, la Iglesia.


Si usted puede entender esto desapasionadamente, entonces, no puede ver un arrebatamiento de la Iglesia para recibir al Señor en el aire, y un pueblo de Dios (Israel) post arrebatamiento iniciando un nuevo capítulo en la tierra distinto y aparte de la Iglesia que Cristo tanto amó y dio su vida por ella. Recuerda bien lo que dice nuestro texto: “a fin de que ellos no fueran hechos perfectos sin nosotros.” Ni ellos sin nosotros, pero, ni nosotros sin ellos.


Continuará…